La Casona del Salto de Tequendama

Redacción

Teníamos que presentar un proyecto de investigación para la clase de medios audiovisuales; en el curso éramos veinte estudiantes que luego de unos minutos se dividió en dos grupos de diez. Nuestro grupo resolvió tratar los temas paranormales y uno de nuestros retos resultó ser la casa que está al lado del Salto de Tequendama

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El salto del Tequendama tiene su historia propia

Teníamos que presentar un proyecto de investigación para la clase de medios audiovisuales; en el curso éramos veinte estudiantes que luego de unos minutos se dividió en dos grupos de diez. Nuestro grupo resolvió tratar los temas paranormales y uno de nuestros retos resultó ser la casa que está al lado del Salto de Tequendama.

La Casona, como se le conoce hoy fue construida en el año de 1923 inspirada en el Museo Nacional de Rio de Janeiro. Con apertura el año de 1927 la casa inicialmente fue una mansión donde solo ingresaba la primera clase capitalina, luego paso a ser un exclusivo hotel. La edificación colgada al bode de un abismo, tiene cinco niveles con dos sótanos. Con dos pisos principales en un área total de 1.480 metros cuadrados.
Ya habíamos logrado el permiso de ingreso y desde que todos estábamos informados del plazo de nuestra aventura compartimos la mayor información que pudimos. Nos contaron que inicialmente fue una estación del tren, pasando a hotel de lujo y al final lo que íbamos a visitar era una casa abandonada con los vidrios rotos.
El salto del Tequendama tiene su historia propia; hay documentos que afirman que encontraron huesos de mamut y los Muiscas contaban que la catarata fue una construcción divina donde los visitantes lanzaban piedritas con la intención de que se les cumpliera los deseos de amor y prosperidad.
La tragedia que marca al Salto del Tequendama no es solo la contaminación que ahuyentó innumerables visitas por culpa del nauseabundo olor; son los suicidios los que condenaron la casa a los rincones más oscuros de la crónica roja producida por el diario El Tiempo y el Espectador.

Saliendo de Bogotá, para llegar a Soacha, hay que transitar la autopista sur, en un recorrido de 30 Km que se hacen eternos por los trancones que se arman por esta vía.

Llegamos a las 10 de la mañana, cuatro niñas y seis pelados, cargados con cámaras de video de caset, y rollos suficientes para las fotografías. Y por supuesto todos armados de linternas.

El dueño nos dio un recorrido por la casa iniciando por el sótano más profundo. Allí nos contó que la casa tiene muchos espíritus y para probarlo nos mostró una gran cantidad de vasos regados por toda la estancia que llenó de agua y luego nos pidió que miráramos para otro lado; para descubrir al volver a mirar que había disminuido considerablemente su contenido. Los espíritus tienen mucha sed, aseguró.

Al comenzar el ascenso a los pisos superiores todos sentimos como fuerzas invisibles nos halaban los pies, como impidiendo que subiéramos la escalera. A unos de los muchachos le sucedió que en un punto del trayecto quedó pegado al piso y muy asustado aseguraba que sentía como los sostenían.

Retornamos al piso principal donde ubicamos la mayoría de nuestras cosas y donde pasaríamos la noche. El señor no quiso llevarnos al segundo piso asegurándonos que no era prudente porque allí estaba el espíritu de una señora que murió degollada y que es de muy mal carácter.
Ya en la tarde el señor nos advirtió que por nuestra seguridad debía dejarnos bajo llave. Asunto que me asusto particularmente, pero de lo cual no dije nada.
Estado solos, me dediqué a tomar unas fotos y pude evidenciar como ese salón; como toda la casa fue víctima de los saqueadores. El daño más dramático era el piso que aún tenía pedazos de los que seguramente era una baldosa muy fina importada. La noche fue un acto de tortura, no tanto por el frio como por que podíamos escuchar conversaciones, la sensación era que estábamos rodeados por todo lado de mucha gente.

A las 10 de la mañana del siguiente día de nuestra llegada, el dueño de la casa nos abrió la puerta y no puedo negar que estábamos ansiosos por salir.

Ya en la furgoneta que nos llevaría de nuevo a Bogotá hice mi última mirada para la foto final y hacer mi protocolaria despedida con la intención nunca volver, pero cuando nos alejábamos vi a una mujer vestida con ropa elegante antigua. Impresionada les avise a todos por lo que la mayoría pudimos ser testigo de cómo se quitaba la cabeza y la ponía debajo del brazo.

En las fotos no salió nada fuera de lo común, pero en los videos teníamos pruebas de sombras que se movían entre nosotros y manchas claras con forma de personas que estaban estacionadas a los lados de las ventanas. Tal era nuestra emoción que contactamos a un noticiero para que publicara nuestra investigación, pero un día antes en que nos disponíamos a entregar los videos quisimos hacerle una copia y las grabaciones estaban borradas sin que ninguno hubiera tenido acceso a ellas en varios días.

- Luis Fernando Urrea Beltrán

Historia basado en eventos reales vividos por Maria Fernanda Paz Días.
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