En el año 2016 se estrenó una película de terror dirigida por Gore Verbinki que nos cuenta como el personaje principal llamado Lockhart, interpretado por Dane Dehaan, quien es un joven ejecutivo de una firma de servicios financieros y es obligado a viajar a un centro de bienestar en los Alpes Suizos.
Lockhart tiene como misión disuadir a uno de los accionistas de la compañía a regresar a la civilización para firmar los documentos para una gran fusión entre empresas.
El joven inicialmente encuentra una gran resistencia para hablar con el personaje que busca. Sufre un accidente y es recibido como paciente en la institución y descubre que de alguna manera la estrategia del lugar es que las personas multimillonarias decidan permanecer recibiendo una salud extraordinaria.
Nadie quiere salir, eso parece hasta que descubre que quienes intentan hacerlo son persuadidos.
En este punto podemos encontrar un motivo para reflexionar respecto a la salud del común de las personas y las instituciones hospitalarias en Colombia y el mundo. El hecho que el servicio medico sea un producto y se ajuste a las reglas de mercadeo del resto nos hace tener la perspicacia de que realmente ese tratamiento que nos están realizando o ese medicamento que nos están recentando no lo necesitamos.
No quiero llegar al punto de ofender a profesionales de la medicina generalizando respecto a esta actitud ambiciosa de algunos galenos y sus subalternos. Se sabe que los laboratorios visitan especialmente a doctores en medicina y les ofrecen comisiones y premios por recetar ciertos medicamentos. Además, mas que un mito urbano después de ir algunas veces al medico o tener que utilizar los servicios cinco estrellas de una HUSI, en la calle se habla de que a las clínicas y hospitales les sirve tener hipocondriacos a los cuales recetarles paliativos y mantener en tratamientos actuados.
En mi caso puedo contarles de dos eventos que más que anécdotas medicas y buen tema para iniciar un chisme; despiertan sospechas. Un día cualquiera sufrí de un infarto y pues eso parecía. El hospital publico donde me atendieron me realizaron un cateterismo y mi implantaron un “stent” que es dispositivo para mantener la arteria libre. Años después sufrí una recaída, nuevamente me internaron en un hospital y nuevamente se realizó un cateterismo. Les expliqué a los médicos que tenía este dispositivo implantado en mi arteria y ¡oh sorpresa! en este nuevo examen no lo encontraron.
Las pruebas están allí por lo que hay personas que me recomiendan denunciar al hospital que me mintió y que de seguro cobró.
En otra ocasión en que estaba realizando un viaje por Barranquilla en moto nos caímos en una glorieta que al parecer tenía algún tipo de aceite en el asfalto. Estábamos en el piso y nos levantamos lo más pronto posible. Nos rodearon varios motociclistas y alguien llamó una ambulancia y llegaron dos. Nos separaron, cada uno en un vehículo diferente y un enfermero llevó la moto al parqueadero del hospital que queda en el centro de la ciudad. Estuvimos tres noches solo tuvimos raspaduras, pero según nos enteramos nos atendió un cirujano plástico nos dijeron que teníamos que estar allí nueve días y eso nos escandalizó por lo que exigimos que nos permitieran salir. Estoy seguro de que los costos del servicio fueron altos desde el uso de dos ambulancias y todos los otros servicios que debieron de cobrarle al SOAT de la moto.
Lo bueno de estas dos historias es que es evidente la capacidad de atención que tenemos en nuestro país gracias a los seguros de salud. Hay una gran oferta de todo tipo de servicios. Lo escandaloso es que sea tan evidente que tienen sistemas institucionalizados para exprimir los seguros a mas no poder.
Esa discusión para salir del hospital de Barranquilla me recordó la escena de la película «A Cure for Wellness», ( La cura siniestra en su título original) donde el protagonista intenta escapar, pero se encuentra que en el lugar hay una congregación de fanáticos místicos que adoran una antigua criatura subterránea a lo Lovecraft.
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